“Porque al final de cuentas, la muerte es un síntoma de que hubo vida…”

Para la mayoría de las sociedades a nivel internacional, la muerte puede llegar a ser un símbolo de tristeza o incluso miedo. No obstante, para nosotros los mexicanos es un sinónimo de respeto, amor, reflexión y memoria; significa conseguir la vida eterna, ya que para nosotros la vida no termina con la muerte, sino con el olvido. Es por ello que para no olvidar: hacemos una combinación de tres de nuestras más importantes características, nuestra riqueza cultural, gastronómica y creativa; para con ello dar vida a una de nuestras celebraciones más icónicas:

El Día de Muertos

El origen de tan importante celebración es una fusión de dos celebraciones distintas que nacieron gracias al proceso de aculturación sufrido durante el periodo de La Colonia y el sincretismo entre el Catolicismo y las creencias religiosas Autóctonas.

Ofrenda típica del Día de Muertos

Comencemos hablando un poco acerca del “Día de Todos los Santos”, mismo que nace a partir de la Iglesia Católica. En este día, se celebra a aquellas almas que lograron superar el purgatorio, que se han santificado completamente y que lograron obtener la vida eterna junto a Dios.

Por otro lado, la celebración del “Día de los Muertos”, radica a partir del culto que muchas etnias Mesoamericanas, rendían a la muerte. Uno de los cultos más importantes era el de los Mexicas, cuyos Dioses encargados de definir el destino de las almas eran Mictecacihuatl y Mictlantecuhtli; quienes eran considerados como señores del Mictlán, o “Lugar de los Muertos”. La creencia decía que para poder llegar ahí, las almas debían pasar una serie de obstáculos para poder conseguir el descanso eterno.

El Mictlán se dividía en dos partes, dependiendo de la manera de morir. Por un lado se encontraba la Tonatiuh Ichan, o “Casa del Sol”, en donde entraban aquellos que habían muerto en el campo de batalla. Del otro lado se encuentra el Cincalco, o “Casa del Dios Tonacatecutli”, a este iban quienes murieron siendo infantes, pues al ser tan jóvenes se les consideraba inocentes.


Mictlantecuhtli

Para que las almas iniciaran su camino, los vivos se encargaban de acompañarlos a la distancia, por medio de un “ritual”. Este iniciaba cuando el fallecimiento de la persona se anunciaba con gritos y llantos emitidos por parte de las mujeres ancianas de la comunidad. Posteriormente se envolvía al difunto y se le rodeaba de todos sus objetos personales. Finalmente, se preparaban platillos y se colocaban junto al cuerpo, para que de manera simbólica, el alma del difunto pudiera ser alimentada.

Cuatro días después, el cuerpo era llevado a enterrar o cremar, y es a partir de ese momento en el que el alma comenzaba su trayecto. Luego, cada año durante cuatro años seguidos, se realizaban ceremonias en el lugar en donde se encontraban las cenizas o el cuerpo del difunto. Gracias a esto, no sólo se ayudaba a facilitar el proceso de duelo de los familiares, sino también se pensaba que con ello las almas lograban pasar los obstáculos y conseguir el descanso eterno.

En el caso de las ofrendas, el origen también proviene de la época prehispánica. Se colocaban altares dedicados a las dos deidades en fechas diferentes; los altares a Mictecacihuatl eran colocados en lo que hoy conocemos como Octubre, y los altares a Mictlantecuhtli eran colocados en lo que hoy conocemos como Noviembre.

Como lo mencionamos con anterioridad, la llegada de la población europea y la “unión” de ambas culturas ayudo a reinventar la tradición hasta ser concebida como la conocemos hoy en día. El Día de Muertos es una celebración que lejos de provocarnos tristeza, nos invita a recordar que aquellos que ya no están presentes, lo seguirán estando mientras los mantengamos en nuestro recuerdo.

Calaveras en chapa de oro

“Porque al final de cuentas, la muerte es un síntoma de que hubo vida…”



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